Un homenaje a las víctimas de las migraciones en la Playa de la Señora

Ubicada majestuosamente en lo alto de la ladera de la paradisiaca Playa de La Señora, en Morro Jable, emerge una escultura que trasciende el mero arte para convertirse en un símbolo de memoria y solidaridad. Alejada del bullicio turístico y de los grandes hoteles, esta obra se erige como un testimonio silencioso de la cruda realidad oculta tras la belleza superficial de este rincón majorero.

La escultura, tallada en roca basáltica negra por los artistas Antonio Patallo, Juan Miguel Cubas y Edgardo Junco, fue erigida en julio de 2009 como un faro de memoria en medio de un paisaje que podría pasar desapercibido para aquellos que solo buscan sol y arena.

Desde su estratégica posición en la ladera, esta obra de arte sencilla pero impactante observa el eterno vaivén de las aguas atlánticas, recordando las historias trágicas de aquellos que, en su afán por alcanzar un horizonte más prometedor, se enfrentaron al implacable océano.

La escultura adopta la forma de una Gran A, descansando sobre una base plana que sutilmente se asemeja a una barca, evocando así la imagen de un madero flotando en el mar, una tabla de salvación de las esperanzas naufragadas. Aunque su diseño aparenta simplicidad, la obra lleva consigo una carga emotiva que se revela en cada detalle.

Cada aspecto de esta obra artística tiene un propósito definido: transmitir la simplicidad de los medios utilizados por aquellos que, en su desesperación, se aventuraron en frágiles embarcaciones en busca de un futuro más prometedor.

En la parte inferior de la A, destaca una piedra de tonalidad gris más clara, esculpida con formas sinuosas que evocan las olas del mar. Estas ondas grabadas en la piedra no solo añaden textura a la obra, sino que también evocan la fuerza y la imprevisibilidad del océano, recordando así los desafíos enfrentados por aquellos que se aventuraron en travesías peligrosas en busca de una vida mejor.

La elección de la roca basáltica negra como medio para esta escultura no es fortuita. Este material, característico de Fuerteventura, no solo aporta una estética única a la obra, sino que también simboliza la conexión profunda entre la isla y el mar, testigo de innumerables historias de esperanza y desesperación.

La escultura fue erigida una década después de una de las primeras tragedias documentadas de la migración en patera desde las costas africanas hacia Canarias.

Es aquí, en La Señora, donde la historia se entrelaza con los rincones más íntimos del paisaje, recordando el evento que marcó un antes y un después en la conciencia colectiva de Fuerteventura.

Esta ubicación estratégica cobra un significado aún más profundo al recordar la primera tragedia documentada en la isla. El 26 de julio de 1999, una patera con once inmigrantes a bordo naufragó a escasos metros de la playa de La Señora, en las proximidades de Morro Jable. Nueve jóvenes, incluido un menor, perdieron sus vidas ahogados, mientras que los otros dos fueron engullidos por las aguas implacables.

Este trágico evento, marcado por la pérdida de vidas inocentes en la búsqueda de un futuro mejor, se convirtió en un punto de inflexión que inspiró la creación de la escultura solidaria que ahora se erige como un testimonio perenne de la memoria y la compasión.

La obra se convierte en un faro de conciencia, recordándonos la persistencia de la crisis humanitaria que afecta las aguas que abrazan la isla. Cada línea tallada y cada curva de la obra narra la historia de valientes individuos que buscaron un futuro mejor, solo para enfrentar un destino trágico en las aguas tempestuosas.

La escultura no solo es un tributo conmovedor a aquellos que han perdido sus vidas en la búsqueda de un sueño, sino también un recordatorio agridulce de la fragilidad de la existencia humana y de la necesidad urgente de compasión y acción en el frente de las migraciones irregulares.

Desde su solitaria posición en la ladera de La Señora, la escultura solidaria se erige como un monumento atemporal que insta a la reflexión y a la solidaridad, un faro que ilumina las sombras de una realidad que no puede ignorarse.

El monumento lleva inscrito las siguientes letras en cuatro idiomas:

“El 24 de junio de 1999, nueve jóvenes marroquíes murieron aquí intentando alcanzar su sueño. En los 10 años siguientes más de 3000 africanos fallecieron rumbo a Canarias, en busca de una vida mejor. Este es un homenaje a su memoria”.

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