
En el sur de Fuerteventura existe un lugar que los turistas pasan por alto. Un humedal donde cada paso cuenta, donde el silencio es oro y donde comprender que menos es más puede cambiar el futuro de la naturaleza canaria.
El Descubrimiento: Cuando te Detienes, el Saladar Habla
María llevaba tres semanas en Fuerteventura. Como la mayoría de los turistas, había planeado playas, resorts y atardeceres fotogénicos. Pero en su último día, tomó un desvío.
La Playa del Matorral parecía un lugar cualquiera. Arena, agua, rocas. Nada extraordinario a primera vista. Fue entonces cuando vio las pasarelas de madera. Alguien había puesto señales. Había reglas. Alguien le pedía que respetara un lugar que ella ni siquiera sabía que existía.
Se detuvo y escuchó. En ese silencio descubrió algo que ningún resort de lujo podría ofrecerle: un ecosistema que había sobrevivido siglos y que estaba a punto de enseñarle una lección incómoda pero necesaria sobre su papel como visitante.
La historia del Saladar de Jandía no es solo una historia ecológica. Es una historia sobre cómo el turismo puede ser un arma de doble filo, y sobre cómo los visitantes están aprendiendo a ser parte de la solución en lugar de serlo del problema.
Una Protección Casi Imposible

En los años 90, el Saladar de Jandía estaba en grave declive.
El boom turístico de Morro Jable lo había atacado desde todos los flancos. Vehículos atravesaban sin restricciones. Escombros de hoteles en construcción se acumulaban como heridas abiertas. El agua salada, que durante milenios había danzado libremente con las mareas, estaba siendo desviada, bloqueada, contaminada.
Los científicos que lo estudiaban escribían reportes preocupados. Fotos aéreas mostraban la progresiva invasión gris de hormigón avanzando sobre el humedal. Algunos expertos susurraban la palabra «colapso». Otros consideraban que era demasiado tarde.
Pero entonces pasó algo inesperado.
Instituciones europeas de conservación movieron ficha. Se aprobaron protecciones legales. El Saladar fue incluido en la Lista Ramsar como parte del sitio «Humedales de Corralejo, Jandía y Playa Blanca», un honor que solo 2.400 humedales en todo el mundo poseen. De repente, un lugar que nadie miraba se convirtió en un espacio que no podía ignorarse.
La Vida en lo Imposible: Cuando las Plantas se Rebelan

Si hay un lugar donde la naturaleza grita su ingenio, es aquí.
El suelo del Saladar contiene concentraciones de sal que matarían la mayoría de las plantas en cuestión de semanas. Es literalmente un desierto salino. Pero caminar por las pasarelas es descubrir que lo «imposible» es relativo.
Las plantas han hecho un pacto con la adversidad.
La Arthrocaulon macrostachyum forma alfombras densas en los lugares más saturados de agua salada. Sus hojas son finas, casi translúcidas, adaptadas para almacenar el agua que necesita mientras expulsa la sal a través de glándulas microscópicas.
La uvilla de mar (Zygophyllum fontanesii), una joya botánica del Mediterráneo macaronésico, sobrevive aquí desde hace miles de años. Su presencia ha disminuido en algunas áreas, pero donde persiste, es como un acto de rebeldía contra la urbanización.
Y luego están los matorrales de regresión: plantas que han colonizado con mayor intensidad áreas alteradas por la presión humana. Especies como la aulaga han desarrollado estrategias especializadas para defenderse y prosperar en terrenos degradados por el ataque constante de bulldozers, tuberías y cemento.
Las Millas Mágicas: Cuando Una Parada Significa Supervivencia

Cada otoño y primavera, algo extraordinario ocurre.
Miles de aves comienzan un viaje que nuestras mentes apenas pueden conceptualizar: vuelan desde Escandinavia hacia África. Miles de kilómetros. Semanas en el aire. Cuerpos diminutos enfrentándose a tormentas, depredadores y agotamiento.
Y en medio de esa odisea, hay un pequeño paraje en Fuerteventura que significa la diferencia entre la vida y la muerte.
El zarapito trinador llega exhausto. Sus alas pesan. Sus reservas de energía se agotan. Pero aquí, en las aguas poco profundas del Saladar, encuentra lo que necesita: descanso, alimento, seguridad. Unas pocas horas, tal vez días, que le permitirán continuar.
Lo mismo ocurre con el correlimos tridáctilo, el vuelvepiedras y la cigüeñuela. El Saladar se convierte en una estación de servicio de la naturaleza. Un oasis que durante miles de años ha estado en el lugar exacto del mapa migratorio.
Un ornitólogo que visita regularmente el lugar cuenta que es uno de los pocos sitios donde puede llegar a ver más de veinte especies diferentes de aves limícolas en un solo día. «Es», dice, «como si todo el continente africano hubiera marcado este punto en su GPS.»
Pero hay una nueva amenaza que los científicos están estudiando con preocupación: los drones.
Un dron que desciende ruidosamente sobre un ave en época de reproducción causa estrés agudo. Repetidas veces, causa cambios de comportamiento. Las aves no se alimentan correctamente. Algunos polluelos no sobreviven la temporada. Es pequeño, casi invisible, pero es real.
Y es aquí donde el turismo responsable deja de ser una frase bonita para convertirse en algo que importa.
La Invasión Silenciosa: Cuando el Jardín se Rebela
El Saladar está siendo invadido. Pero no por ejércitos, sino por plantas de jardín.
La uña de gato escapa de macetas cercanas. La acacia azul prospera en territorios alterados. El kikuyo, una hierba de jardín, intenta colonizar los bordes húmedos. Todas ellas son plantas hermosas, decorativas, ideales para un jardín. Pero en el Saladar, son conquistadores.
Lo irónico es que la mayoría de estas invasoras llegaron gracias a jardines de hoteles que rodean el humedal. Plantas seleccionadas por ser «resistentes» y «de bajo mantenimiento» que resultaron ser demasiado resistentes, demasiado invasoras.
Los restauradores ambientales ahora dedican cientos de horas a arrancar manualmente estas plantas invasoras. Es trabajo de Sísifo: quitas la uña de gato, y seis meses después, ha vuelto. Es como si el Saladar estuviera siendo asediado por un enemigo que lo rodea por todos lados.
La ardilla moruna (Atlantoxerus getulus), introducida accidentalmente hace décadas, se ha convertido en un problema por derecho propio. Estas pequeñas criaturas son beneficiosas en sus hábitats nativos de África del Norte. Aquí, sin depredadores naturales ni control, devoran todo.
Los investigadores han descubierto que muchos visitantes deliberadamente alimentan a las ardillas. Es un acto de «cariño», piensan. «Mira qué linda.» Lo que no ven es que están perpetuando un problema ecológico, alimentando a una especie que está desestabilizando el equilibrio del humedal.
Así que aquí también, el turismo tiene un precio invisible.
El Cambio: Cómo se Aprende a Amar sin Destruir

Hace cinco años, no había muchas esperanzas.
El humedal estaba bajo presión constante. Las protecciones legales existían, pero la aplicación era débil. Los visitantes seguían ignorando las normas. Parecía una batalla perdida.
Entonces, lentamente, algo comenzó a cambiar.
Primero llegó la educación. Organizaciones ambientales comenzaron a ofrecer visitas guiadas gratuitas. No las tradicionales donde un guía habla mientras caminas, sino experiencias donde aprendes por qué estás viendo lo que ves. Por qué la pasarela está donde está. Por qué no puedes salirte. Por qué esa planta pequeña e insignificante es crucial.
Un visitante que experimentó una de estas visitas guiadas reflexionó después: «Pensé que estaban siendo ridículos con las reglas. Pero cuando entendí que cada pisada cuenta, cuando vi fotos del lugar hace treinta años y comparé con ahora, entendí. Esto no es solo un parque. Es un ejemplo de cómo podemos vivir con la naturaleza sin destruirla.»
Segundo, llegó la tecnología. Una aplicación móvil ahora permite a los visitantes aprender sobre plantas y aves con sus teléfonos mientras caminan. No es invasiva. Es voluntaria. Pero quienes la usan descubren capas de complejidad que antes pasaban desapercibidas.
Tercero, y quizá más importante, llegó un cambio cultural. Los influencers de viaje comenzaron a compartir mensajes de turismo responsable. Las fotos de Instagram más apreciadas no eran ya las del selfie en la naturaleza, sino las que mostraban cómo visitar el Saladar responsablemente. La gente joven, especialmente, comenzó a entender que ser «ecológico» era aspiracional, no restrictivo.
Y entonces, en 2023, llegó el proyecto de restauración más ambicioso hasta la fecha.
Dos Visitantes, Dos Legados
Existen dos historias de visitantes en el Saladar en 2024.
La primera: Un grupo de turistas de Alemania reservó una visita guiada de tres horas. Mientras caminaban por las pasarelas, su guía les explicó sobre las aves migratorias, sobre los desafíos del humedal, sobre los proyectos de restauración. Uno de los visitantes, un profesor retirado, fue profundamente impactado. A su regreso a Alemania, escribió un artículo en un periódico local sobre sus experiencias. El artículo circuló. Otras personas se interesaron. Hoy, ese profesor lidera una red de «turistas embajadores» que enseña sobre conservación en Canarias. Su impacto potencial: cientos, quizá miles de visitantes sensibilizados.
La segunda: Un visitante cogió un taxi a la Playa del Matorral. Caminó fuera de las pasarelas para obtener una «foto exclusiva». Una ardilla pasó cerca y la alimentó con migas de su almuerzo. Voló un dron para obtener vistas aéreas durante la época de anidación. Se fue feliz, con sus fotos, sin entender ninguno de los sistemas que casi destruyó con sus acciones.
El Saladar recibe ambos visitantes. La diferencia no es el dinero que gastan ni el tiempo que pasan. Es la conciencia que llevan de vuelta a casa.
estupendo el artículo.
Tienen toda la razón. Hay que cuidar el entorno más de lo que lo hacemos cuando vamos de vacaciones 😉