
En la histórica Villa de Betancuria, frente al antiguo convento de San Buenaventura, una figura de bronce se alza con serenidad. Es la escultura de Juan Miguel Cubas, un homenaje necesario a las loceras trashumantes de Fuerteventura. Esta mujer, que sostiene una vasija sobre un pedestal de piedra volcánica, no es solo una obra artística; es el recordatorio de una historia de supervivencia, ingenio y una movilidad impuesta por la dureza del territorio insular.
Un oficio itinerante por necesidad técnica
A diferencia de otros centros alfareros de Canarias donde las familias se asentaban de forma permanente, la locera majorera era, por definición, itinerante. Esta trashumancia alfarera respondía a una lógica aplastante: la fragilidad del barro cocido.
En una época donde los caminos eran apenas veredas de cabras y los medios de transporte eran un lujo inalcanzable, trasladar vasijas terminadas a través de la accidentada geografía insular era un riesgo económico inasumible. La solución fue brillante: convertir el taller en un equipamiento portátil. La locera se desplazaba hasta donde estaba el cliente, «armaba la barrera» en el propio caserío y fabricaba las piezas por encargo directo.
En este ir y venir constante, estas mujeres no solo transportaban barro, sino que se convirtieron en auténticas portadoras de cultura, relatos y conocimientos técnicos que conectaban los rincones más aislados de la isla.
El proceso: Barro, fuego y maestría manual

El trabajo de una locera comenzaba con la extracción de la tierra a pico. Para garantizar la durabilidad y resistencia de las piezas, la artesana mezclaba el barro base con arena de barranco o rofo (un mineral volcánico que mejoraba la impermeabilidad). El modelado se realizaba mediante técnicas ancestrales heredadas de los antiguos pobladores:
- El Urdido: Construcción de la pieza mediante la superposición de «churros» o rulos de barro.
- Vaciado y Estirado: Técnica característica del Valle de Santa Inés, donde se golpeaba una masa de barro y se estiraba hacia arriba con gran destreza.
Las herramientas eran mínimas: un callao de playa (piedra lisa) para bruñir y la borseta (una pequeña tabla de madera) para dar forma a las paredes. El toque distintivo lo aportaba el almagre, una tierra rojiza que sellaba los poros y otorgaba ese brillo terroso tan característico de la cerámica de la isla.
El «guisado» al aire libre
Sin duda, el momento más crítico era la cocción o «guisado». Ante la ausencia de hornos de ladrillo, se preparaba una «cama» de piedras volcánicas (teniques) y se cubría la loza con leña de palma o higuera. Cuando la madera escaseaba, las loceras hacían gala de su ingenio utilizando estiércol seco de camello o vaca, logrando alcanzar temperaturas de hasta 900°C bajo el cielo abierto.
Un legado de resistencia femenina
La historia de las loceras es, fundamentalmente, una historia de mujeres. En una sociedad tradicionalmente rígida, la alfarería les proporcionó una valiosa cuota de autonomía económica y una red social de apoyo mutuo.
Nombres como Salomé Brito, considerada la decana de la isla, y su nuera Josefa Acosta «Fefita», han sido piezas clave para que estas técnicas no desaparecieran con la llegada de la era industrial. Ellas no solo fabricaban recipientes; mantenían viva la memoria de los antiguos mahos.
Hoy, aunque la trashumancia por necesidad ha desaparecido, centros como el Ecomuseo La Alcogida mantienen viva esta llama. La escultura en Betancuria nos recuerda que aquellas vasijas no eran simples objetos funcionales, sino el fruto de un diálogo constante entre la mujer, la tierra volcánica y la voluntad de persistir.
Juan Miguel Cubas Sánchez: El Escultor de la Identidad Majorera

Juan Miguel Cubas Sánchez, nacido en 1969 en el municipio de Pájara es hoy una de las figuras más insignes de la escultura contemporánea en Canarias. Su historia es la de una vocación autodidacta que surgió en el año 2003. Cubas ha logrado transformar el paisaje público de su isla en un museo al aire libre que dialoga con la tradición y la naturaleza.
De la autodidaxia al perfeccionamiento en Carrara
Aunque su andadura profesional comenzó con la humildad del artista que descubre el material por sí mismo, la pasión insaciable de Cubas por la forma le llevó a buscar una formación de excelencia. En 2005, emprendió un viaje determinante a Carrara, Italia, el corazón mundial de la escultura en mármol. Allí se sumergió en técnicas clásicas y habilidades técnicas que marcaron un hito en su lenguaje artístico, permitiéndole elevar su obra a una nueva dimensión de maestría.
Reconocimientos y proyección internacional
El talento de Juan Miguel no tardó en ser validado por la crítica y las instituciones. Apenas un año después de profesionalizarse, en 2004, fue honrado como el Artista Plástico del Año. Este éxito inicial fue seguido en 2005 por el primer premio en el certamen Maxoarte Joven.
Su compromiso con la difusión del arte le ha llevado a participar en más de una docena de simposios internacionales de escultura, dejando una huella indeleble no solo en Canarias, sino en el ámbito del arte contemporáneo global. Además, ha sido un motor cultural en su propia tierra, impulsando y participando en el primer simposio internacional celebrado en Pájara.
Una obra que define un territorio
La producción de Cubas Sánchez es vasta y significativa, con más de una treintena de creaciones que se exhiben con orgullo en toda la geografía de Fuerteventura. Su estilo se caracteriza por una estética poderosa que otorga vida a los oficios tradicionales, la fauna insular y la figura humana en materiales como la piedra, el bronce y el acero.
Entre sus aportaciones más simbólicas destacan:
- El arte sacro y el prestigio: Es el autor de la talla de la Virgen de la Peña que fue entregada como obsequio a los Reyes de España.
- Intervenciones espaciales: Su trabajo pictórico en acrílico adorna el presbiterio y la cubierta de la Ermita de La Lajita.
- Escultura pública: Obras icónicas como Pescador de viejas, Majando millo o el Monumento al Pastor son ya parte indisoluble de la identidad visual de la isla.
A través de sus exposiciones en galerías de renombre, como la Galería Dahe en Gran Canaria o la Galería del Drago en Tenerife, Juan Miguel Cubas Sánchez ha consolidado una reputación que trasciende fronteras, reafirmándose como el escultor que mejor ha sabido tallar el alma de Fuerteventura en la eternidad del material noble
Deberían poner algún tipo de indicación a pie de la escultura
😉