
Al borde del paseo marítimo de Puerto del Rosario, justo donde la brisa empieza a fundirse con el rumor del juego en el Parque La Marea, se alzan una serie de esculturas del artista mexicano Carlos Monge. Esta, la primera de las tres obras fue realizada en el año 2021 como parte del Simposio Internacional de Escultura de Puerto del Rosario. Esta pieza marca el inicio de un recorrido que es tanto estético como espiritual.
Tallada en piedra porosa y elevada sobre una base metálica, la escultura invita a ser rodeada, tocada con la mirada, habitada simbólicamente. A primera vista, lo que ofrece es una forma ambigua: algo entre un cuerpo reclinado, un animal mitológico, una formación geológica moldeada por siglos de erosión o incluso una embarcación con sus remos. Sus líneas curvas y redondeadas sugieren volumen y masa, fuerza contenida y flexibilidad. De sus extremos brotan formas semicirculares que podrían interpretarse como brazos estilizados o garras en reposo, en una tensión que parece a punto de liberar un movimiento.
Pero no es solo su apariencia lo que atrapa, sino lo que evoca. Carlos Monge ha reconocido en repetidas ocasiones su fascinación por las culturas mesoamericanas, por sus símbolos y principios estéticos, especialmente por la figura de Quetzalcóatl, la serpiente emplumada, deidad de la sabiduría y la renovación. En esta escultura, aunque la serpiente no se manifiesta literalmente, su presencia simbólica parece habitar cada curva. El artista trabaja con el concepto más que con la imagen, con la resonancia cultural más que con la cita directa. Las escamas de la serpiente, en forma de pentágonos, y su morfología ondulante podrían haber sido el punto de partida para esta obra que, lejos de ser un homenaje rígido, se convierte en una relectura viva.

Este cuerpo escultórico, por tanto, no se queda en lo formal. Nos habla de movimiento detenido, de formas que transitan entre lo ancestral y lo contemporáneo. En su ambigüedad reside su potencia: puede ser un fruto, una criatura marina, una deidad fragmentada, o simplemente una forma pura que dialoga con el espacio que la rodea. La obra se transforma con la luz del día, con el ángulo del observador, con el ritmo del paseo que la bordea.
Más allá de su indudable valor artístico, esta escultura establece un diálogo con el lugar: con el parque infantil lleno de vida y risas, con el mar cercano que murmura historias, con el cielo abierto que cambia constantemente. En ella, el arte no es un objeto separado, sino una experiencia encarnada, una presencia que nos recuerda que la materia también puede ser lenguaje, y que la piedra —aparentemente inerte— puede narrar leyendas que aún no hemos terminado de escuchar.